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17 mayo, 2019
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La historia del afeitado masculino describe a la perfección la evolución industrial del siglo XX: las primeras maquinillas de acero (afeitado clásico) duraban toda la vida, sus recambios eran baratos y tenían menor impacto ecológico; los modelos que las sustituyeron empeoraron sus prestaciones con la obsolescencia programada de sus cuchillas.

Hay productos que duran menos que antes, son reemplazados por modelos nuevos cuando podrían ser reparados y, en ocasiones, se venden por debajo de su precio de coste. Es el caso de las maquinillas de afeitar que usamos actualmente.

Triste historia de las maquinillas de cartucho

En los años 70, aparecieron los modelos que empeoraban a sus predecesores de acero inoxidable: las maquinillas de cartucho con cuchillas múltiples, que encarecieron exponencialmente el afeitado, a la vez que aumentaron su impacto medioambiental. Y, si “el cliente lo demandaba”, argumento en el que se escudan muchos investigadores de producto y empresas, cabe recordar que el cliente no siempre tiene la razón.

Sus cuchillas reemplazables han reducido su vida útil y han encarecido el afeitado sin excepción. Las principales marcas han dado la espalda a las auténticas necesidades del usuario, al que regalan un atractivo primer envoltorio a cambio de un posterior precio abusivo de los consumibles.

A las maquinillas de cartucho se unieron las rasuradoras eléctricas, que prometían la panacea del afeitado en seco. Cualquiera con la piel algo sensible, que se afeite una o dos veces a la semana, comprobará lo difícil que es apurar el afeitado con una aparatosa maquinilla eléctrica sin excoriarse la piel.

Las máquinas eléctricas introducen otro factor en la ecuación: la necesidad de energía, sea a través de batería o conexión a la corriente. Más que una mejora, adolecen de inconvenientes, tanto prácticos como medioambientales.

Sobre productos de primera necesidad a precio de ganga

Abundan los productos que empeoran los modelos que sustituyen sin que nadie proteste por ello. Ocurre en varios sectores, además del de las maquinillas de afeitar: las impresoras se abaratan, mientras se mantiene o aumenta el precio de cartuchos o tóneres; lo mismo se observa en los videojuegos para videoconsolas; o con la política comercial de varias compañías de telefonía móvil.

Personalmente, sigo afectado por la estrategia comercial de los fabricantes de maquinillas e impresoras; en telefonía móvil y otros mercados, se puede pagar más por el producto (el terminal o lo que sea) y reducir el coste de la factura mensual.

En cuanto a los videojuegos, no poseo ni videoconsola ni televisor para conectarla.

Los oscuros secretos del afeitado masculino

Mi libertad de elección se ve más coartada cuando llega el momento de afeitarme. Los códigos estéticos son simplemente inexistentes en la oficina doméstica de *faircompanies.

Pero no he perdido la costumbre de afeitarme una vez a la semana; mi barba no da para más. ¿Cómo es posible, entonces, que gaste más dinero al año en afeitarme que en contarme el pelo?

Parte de la respuesta yace en mi tipo de piel, proclive a irritarse con las populares maquinillas desechables, con una duración todavía más efímera que sus parientes con cuchillas intercambiables.

La respuesta de la industria de higiene personal a individuos con piel irritable son las supuestamente sofisticadas maquinillas con cuchillas intercambiables, cuyo rendimiento baja con la misma rapidez con que aumenta la factura de sus consumibles; así como lociones y mejunjes milagrosos varios.

Si algún proceso envejece con precisión matemática y convierte el afeitado sin esfuerzo en una lija impracticable sobre piel humana es la cuchilla intercambiable de las maquinillas más conocidas de los principales fabricantes.

Bajo precio de entrada, conste elevado para usuario y entorno

Estoy convencido de que la estrategia de negocio de las grandes compañías de higiene personal perjudica a los consumidores más concienciados con el coste del afeitado a largo plazo, económico y medioambiental.

Es difícil encontrar alternativas en las tiendas, incluso las grandes superficies y centros especializados. Este es uno de los motivos, aunque no el único, que me llevaron hace un tiempo a modificar una actividad cotidiana que seguiré realizando toda mi vida, a menos que me deje barba de manera indefinida.

El mercado de bienes de higiene personal, como el resto de sectores de productos de consumo, logró en las últimas décadas lo que había sido hasta entonces imposible, gracias a la revolución de los polímeros derivados del petróleo: el plástico abarató y universalizó todo tipo de productos, aportando a menudo un confort hasta entonces disfrutado por una minoría.

La lógica de la abundancia

El plástico también revolucionó el afeitado. Para peor.

Los materiales derivados del petróleo y las economías de escala impulsaron a su vez fenómenos como la obsolescencia programada; en lugar de pocos productos y duraderos, se impuso la lógica de la abundancia. Muchos productos, a precios competitivos, renovados cuanto antes mejor.

Esta estrategia, además, ha dificultado que nuevas empresas se opongan a la tendencia con productos duraderos e intemporales.

Pocos se han atrevido a contrarrestar fenómenos como el aplastante éxito de la “fast fashion” con propuestas todavía más revolucionarias: prendas de calidad, con diseño intemporal y comparativamente más caras que las de la competencia.

La lógica del producto barato, atractivo a la vista y que se estropea con facilidad afecta especialmente a familias de productos que, gracias a la condescendencia de las empresas que dominan el mercado, evolucionan hacia prácticas comerciales que no mejoran y abaratan modelos previos, como el plástico y las economías de escala prometieron en el siglo XX. Todo lo contrario: los encarecen y empeoran nuestra experiencia, además de aumentar su impacto ambiental.

Arrinconar el mejor modelo porque no es tan rentable

Es difícil innovar en mercados cuya inercia impone el diseño de los nuevos modelos, apenas una remodelación estética de los anteriores. En otras palabras: en la industria del afeitado, no ha llegado el iPhone, una maquinilla que obligue a los competidores reinventar la controvertida práctica de precios en los recambios.

En el mercado de los teléfonos inteligentes, el iPhone no sólo mejoró la experiencia de sus usuarios, sino que incentivó a los competidores de Apple a acelerar su innovación, o corrían el riesgo de caer en la obsolescencia. Ahora, la competencia entre iOS y Android beneficia sobre todo a los consumidores.

En el mercado del afeitado, el producto superior era más simple, construido con materiales más duraderos. Pero las propias empresas que lo comercializaban decidieron arrinconarlo porque podían reducir costes usando plástico y aumentar sus beneficios multiplicando varias veces el precio de los recambios.

Es como si, en el mercado del afeitado, los fabricantes hubieran dejado de producir el iPhone y el Samsung Galaxy S2, retornando a modelos inferiores pensando en supuestas “mejoras”, como más colores, plástico más lujoso, o lucecitas LED de última generación en los laterares.

¿Empresas poco innovadoras o cartel de las cuchilas de repuesto?

A modo de recordatorio, cuando un sector acuerda formalmente y en secreto prácticas comerciales para eliminar la competencia y la innovación, controlando la producción y distribución, incurre en prácticas de cártel.

Si las empresas que conforman este tipo de mercados siguen las mismas prácticas comerciales y obligan a los consumidores a elegir entre productos virtualmente idénticos y con el mismo sobreprecio, han creado una estructura de mercado monopolística. Y en entornos como la Unión Europea o Estados Unidos, los cárteles comerciales están penados.

Mercados rígidos que innovan en colores y especificaciones

En estos mercados, es más sencillo, por ejemplo diseñar una impresora con nuevos colores, o con un plástico más brillante; o nuevas maquinillas cuyo logro esté en los colores, en la calidad con el plástico de la maquinilla imita el metal que ha sustituido, o en el número de hojas incluidas en la cuchilla.

Tanto fabricantes de impresoras como de maquinillas venden el producto principal a menudo por debajo de su precio de coste y, en cambio, centran su negocio en la venta de consumibles: cartuchos y cuchillas de afeitar suelen tan o más caros que la impresora y maquinilla.

No he podido solucionar el problema de la impresora. Trato de no imprimir nada; sólo lo que alguna gestión oficial que no acepte versión electrónica obligue.

Mi impresora laser monocroma es más barata que las últimas zapatillas deportivas que compré para salir a correr y, en dos años, todavía no he cambiado el tóner, cuando lo haga, incurriré en el fenómeno de la estrategia de negocio de los consumibles. Será caro. Espero que el precio del tóner no supere el de la impresora.

Cuando el último modelo es ya el penúltimo

Afortunadamente, para afeitarme no dependo de gestiones administrativas anticuadas. He esperado a deshacerme de mi última maquinilla de afeitar de plástico, una Gillette Fusion, hasta agotar al máximo la última del paquete de 4 cuchillas cuyo elevado precio es injustificado.

Por cierto, la Fusion ha sido “mejorada” con el modelo Fusion ProGlide. Y, sorpresa, el precio de los recambios para el modelo Fusion ProGlide es superior. Gillette (marca que pertenece al conglomerado Procter & Gamble) lo justifica argumentando que el afeitado del último modelo es superior.

El fenómeno no ocurre sólo con una marca o modelo de maquinilla con cuchillas reemplazables, sino en todos. Adquirimos una maquinilla, a menudo con espuma o gel de afeitar y una o dos cuchillas de recambio de regalo, por un precio inferior al del recambio de 4 cuchillas.

Rápido envejecimiento con precisión matemática

Para empeorar el fenómeno, las cuchillas (3, 4, o incluso 5 hojas o láminas), envejecen rápidamente, prácticamente de manera matemática: han sido diseñadas para afeitar de manera diligente en un número determinado de ocasiones y, a partir de ahí, convertirse en una lija que suplica un recambio.

Las principales maquinillas de afeitar con cuchillas intercambiables incluyen una banda cuyo color o estado cambia con un puñado de afeitados, advertencia del final de su vida útil; en la Gillette Fusion, por ejemplo, una banda azul pronto se hace blanca.

Pronto, uno imagina a alguna marca incluyendo una luz roja intermitente, o un sonido insoportable, cuando las numerosas hojas de la cuchilla hayan acabado su escueta vida útil, clamando por el consumo de un recambio vendido por un ojo de la cara.

El producto disruptor del mercado del afeitado

El iPhone del sector del afeitado ya existía y era fabricado y comercializado por las mismas compañías que diseñan ahora los económicos modelos de plástico que imitan el metal, cuyos recambios son más caros que la propia maquinilla.

Se trata de las maquinillas de acero inoxidable con hojas intercambiables que usaban nuestros abuelos, fácilmente desarmables, con una duración indefinida y consumibles de recambio tan económicos como deberían haber permanecido.

Las maquinillas de afeitar de última generación gozan del dudoso privilegio de empeorar modelos de maquinilla automática ideados hace décadas. Las marcas venden los recambios diseñados con una flagrante obsolescencia programada a un precio similar al de las maquinillas automáticas de acero con hoja intercambiable.

En el caso del afeitado, los modelos usados por nuestros abuelos superan con creces a los actuales por varios motivos, entre ellos el económico y el medioambiental. Y sí, las maquinillas de acero con hoja intercambiable afeitan mejor que las de plástico actuales.

El retorno del afeitado del abuelo

El afeitado con maquinilla de acero, jabón y brocha de cerdas naturales se está tomando la revancha entre un creciente número de entusiastas que aprecian las ventajas de este tipo de afeitado: es cómodo, especialmente cuidadoso con la piel cuando se ha adquirido cierta práctica, mucho más barato a largo plazo y con un impacto medioambiental muy inferior.

Brett McKay explica en la bitácora Art of Manliness cuáles son según él las ventajas de afeitarse a la antigua (hay quienes van más allá y reivindican el uso de la navaja, utensilio para el que se requiere mayor pericia y que carece de las ventajas aportadas por el diseño de la maquinilla automática de acero inoxidable).

Sea como fuere, afeitarse con navaja o maquinilla de acero, brocha, jabón y loción “se ha convertido en un arte perdido”, explicaba McKay en su entrada. “No estoy seguro de cuándo ocurrió, pero la tradición de enseñar a nuestros descendientes los secretos de un afeitado limpio pararon abrutamente”.

Menos costes, menos impacto, mejor afeitado

Sin embargo, añade, “este ritual está reapareciendo”. Algunas de las razones de peso que expone el editor de Art of Manliness para justificar el retorno del afeitado tradicional:

Reduce costes: un paquete de 8 cuchillas para maquinilla de cartucho supera los 20 dólares en Estados Unidos, y los 20 euros en Europa: 2,50 dólares/euros por cuchilla, mientras el coste de una hoja de afeitar para maquinillas de acero clásicas no supera los 25 céntimos (una décima parte del coste).
Menos impacto medioambiental: el afeitado de brocha con una maquinilla de acero con hoja de doble filo genera menos residuos que las maquinillas de cartucho.
Otra ventaja expuesta por Brett McKay, sobre la que espero dar mi propia opinión una vez haya usado suficientemente la maquinilla clásica de acero inoxidable que voy a usar a partir de ahora: los modelos clásicos proporcionan un afeitado mejor y más consistente. Las maquinillas eléctricas y las de cartucho con 4 y hasta 5 hojas irritan la piel más de lo necesario, sobre todo cuando la cuchilla empieza a envejecer y hay que ejercer más presión en el afeitado.
Pagar más por supuestas mejoras de un mismo producto

Las principales compañías del sector aseguran que las múltiples hojas de las cuchillas de los modelos más conocidos apuran más en el afeitado, a la vez que provocan menos cortes e irritaciones.

Estas empresas llaman que con 2 o más hojas, una cuchilla apura más debido a la histéresis: la primera hoja debilita el vello, mientras la segunda lo corta.

Tampoco está claro si las cuchillas de 3, 4 y hasta 5 hojas mejoran o no la calidad del afeitado, aunque si aumentan su precio a medida que acumulan hojas.

Los grandes fabricantes prefieren no salir de su zona de confort y el próximo paso es mejorar un poco más sus modelos actuales, introduciendo, por ejemplo, baterías que producen vibraciones y supuestamente ayudan a apurar el afeitado.

Preguntar a nuestro padre o abuelo por su antigua maquinilla

Cuando compré la maquinilla de cartucho Fusion, a un precio tan reducido que supuse que Gillette la vendía sin un margen de ganancias elevado, o quizá perdiendo incluso dinero, volví a engañarme a mí mismo como lo había hecho con anteriores modelos.

Pensé que las cuchillas intercambiables durarían más e irritarían menos. Dos años después, tengo la certeza de que el afeitado no ha mejorado con respecto a la anterior maquinilla de cartucho que empleé. Sin embargo, he pagado considerablemente más por los repuestos.

Cuando me queda una única cuchilla de repuesto, creo que ha llegado el momento de pasar al afeitado con brocha y maquinilla de acero.

Me paso al afeitado con brocha

Me propongo a explicar en un escueto vídeo mi experiencia con el afeitado tradicional, tras haber investigado y sopesado las mejores opciones. Intentaré destacar tanto los puntos a favor como los inconvenientes del afeitado con maquinilla de acero y hoja de doble filo.

Me dispongo a convertir el afeitado en un ritual agradable, más económico y sostenible, en el que no medie plástico alguno.

Una especie de ceremonia del té de la higiene personal que realizaré una vez por semana, seguramente escuchando la tertulia radiofónica del programa informativo matinal. Estoy dispuesto a confiar en mi pulso para acelerar y mejorar la calidad de mi afeitado.

En busca de la mejor opción

Y sí, me acordaré del afeitado de mi abuelo y del de mi padre cuando era un niño, justo antes de que las maquinillas desechables y de cartucho “revolucionaran” el afeitado.

Una de tantas revoluciones sin los resultados esperados, algo tristona, artificial, plastificada. Como un jarrón de coloridas flores de plástico dispuesto en el aséptico e impersonal pasillo de un hotel segundón.

Sea cual sea el resultado y la impresión que deje en mí, el actual mercado de maquinillas de afeitar se merece perder parte de su clientela por sus prácticas cartelísticas y el abusivo aumento del precio de los repuestos, que se produce consistentemente con cada nuevo modelo “mejorado”.

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